Rara vez, en las grandes citas ciclistas la emoción llega a nuestros televisores. A mitad de la ronda conocemos sobradamente que corredor va a acabar con el maillot de líder, como sucedió en la última Vuelta a España; salvo que a falta de tres o cuatro etapas, como ha sido y sigue siendo habitual en los últimos años el fantasma del doping haga su tan temida aparición y todos nos quedemos boquiabiertos. A veces el monsieur doping acude meses después cuando el reciente ganador descansa con su familia o ya se encuentra planificando la temporada siguiente.

Pero......¿Sorpresa?....¡Cada vez menos! Miramos con recelo al ganador, sospechamos de él y a veces hasta un profuso defensor del ciclismo como yo, acaba presintiendo un final infeliz que casualmente suele cumplirse la mayoría de las veces.
No soy de los que utilizan el “Te lo dije”, pero en los últimos años en mis pensamientos sobre el ciclismo comienza a germinar un “Me lo dije”. Estamos en el peor momento de este deporte, a pesar de los últimos éxitos de corredores españoles. En otros artículos he intentado ser positivo pero poco a poco la desconfianza me acaba cegando, por ello cada vez escribo menos.
Este artículo os invita a poner en práctica una vez más el viejo tópico de “cualquier tiempo pasado fue mejor”:
Empezamos hablando de emoción; no cabe duda que el Tour de Francia de 1989 fue su sinónimo. Desde los disgustos que nos provocó Perico al principio de la carrera con su inoportuno despiste en el prologo y su pájara en la contrarreloj por equipos de Luxemburgo, hasta el mítico duelo Fignon – Lemond en la última etapa de París, fue una carrera caracterizada por la incertidumbre y una carga constante de adrenalina, que sufrió su sobredosis final en los últimos metros de la prueba en los Campos Eliseos de París.
Yo tenía 12 años y convivía con mis inicios en el mundo del ciclismo. Fignon a pesar de reconocer que era un gran campeón y que podría ser el heredero del reinado mundial de Hinault en la última década, no gozaba de mi admiración personal: comentarios obstinados y soberbios, pinta rara de intelectual bohemio, sospechas de dopaje, equipo prepotente, pero este odio que lentamente estaba emergiendo, se radicaliza en la penúltima etapa cuando el parisino escupió con descaro al objetivo de una cámara de TVE. De su boca salió el desprecio más grande que podía hacer a todos los telespectadores españoles que en aquellas tardes calurosas de Julio del 89 seguíamos la ronda gala. Pasarían años para que Indurain vengara este impulso grosero y desdichado del campeón francés con su pasada a más de 60 km/h en la contrarreloj de Luxemburgo del Tour 92 y que acabaría de consolidar el mito de “El Extraterrestre”.
Continuara .......



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16.04.08 @ 10:58